domingo, 5 de enero de 2014

El largo camino a casa

"Debo informaros que he recibido ordenes de Su Excelencia Comandante en Jefe de las Fuerzas Navales de Su Majestad Británica estacionadas en América del Sur para hacer efectivo el derecho de soberanía de Su Majestad Británica sobre Las Malvinas".
Con estas palabras, John Onslow, comandante de la expedición militar abordo del HMS Clio, se dirigía a José María Pinedo, comandante político y militar interino, para que abandonara la posesión territorial y se llevara consigo todo lo que significara evidencia de soberanía y dependencia del gobierno argentino.
En realidad, las actuaciones británicas no eran otra cosa que una larga cadena de intrigas, alimentada por una estrategia colonial cuya meta ulterior sería la toma de posesión de la Antártida.
El descubrimiento de Las Malvinas es el fruto de numerosas expediciones previas, todas ellas con el propósito de cruzar el Estrecho de Magallanes, lo que convertía a las islas en un lugar especial para fondeaderos.
Esta es la razón por la que Las Malvinas eran codiciadas por las potencias europeas: disponer de un puerto natural de aguas profundas para recalar, luego de miles de millas de travesía, y contribuir a la seguridad de un paso interoceánico para la libre navegación.
Con el correr de los años, la ansiedad se profundizaba y no quedaban dudas sobre la intencionalidad de ingleses, holandeses, franceses y españoles.
Estos últimos habían conseguido levantar establecimientos para requerimientos navales y de soberanía. De hecho, Francia le puso un nombre a los archipiélagos: Illes Malouines. Luego, se retiraron, reconociendo la preexistencia de un derecho del Rey de España sobre esa parte del mundo.
Los ingleses, en cambio, se atribuían descubrimientos y los presentaban como títulos de soberanía del Rey de Inglaterra. Luego de la llegada de los franceses, el Reino Unido fundó un apostadero secreto con la finalidad de, llegado el momento, expulsar a los franceses y tomar posesión de las islas. Ninguno de estos propósitos consiguieron florecer.
España sabía de la existencia de la estación naval inglesa y procedió a restablecer el orden por la fuerza. El incidente obligó a la discusión diplomática y a un retiro "con honor" de los elementos británicos de Las Malvinas.
La situación fue mala para el gobierno británico. La oposición política cuestionó en duros términos la liviandad con la que resolvió el asunto y solicitó que se explicara públicamente los resultados de las deliberaciones diplomáticas y los argumentos para justificarlo.
Samuel Johnson, el más renombrado filósofo de la época, fue contratado por el gobierno para explicar la firma del tratado con España y resume en uno de sus fundamentos que "es una estación para comerciantes contrabandistas, para protección del fraude, y un receptáculo del robo", y agrega que es "una isla postergada para uso humano, tormentosa en invierno, y árida en verano; una isla que por no habitarla, ni los salvajes del sur han dignificado".
A partir de ese momento, España ocupó de manera efectiva estos territorios, que dependerían del Virreinato del Río de la Plata. Aprovechando que las instalaciones de los franceses estaban en condiciones generales bien conservadas, no le tomó mucho tiempo a los españoles establecerse allí y acomodar una guarnición militar. Este estado de cosas permanecerá hasta 1811.
Luego de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Las Malvinas pasaron a depender de Argentina. El primer gobernador fue Pablo Areguatí quién se embarcó en la fragata ARA Heroína con rumbo sur, en 1823.
Durante esos diez años de posesión efectiva, Las Malvinas tuvieron una vida sin estabilidad política y sin un conveniente fomento de actividades que permitiese la autonomía de esa posesión. La falta de tacto para la política también favoreció la anarquía y carencia de seguridad de sus costas. Sólo contaba con una dotación de 25 militares y muchos sitios que defender de la piratería.
No es extraño, entonces, que una corbeta bien artillada fuera suficiente como para tomar el control de los mares del sur sin problemas.
Las protestas de la diplomacia argentina fueron, desde entonces, discontinuadas y sin estabilidad de argumentos. En cambio, la posición del Reino Unido lo hizo evidente el diario The Times cuando, molesto por la benevolencia del gobierno británico, señalaba "no sabemos que admirar más, si la insolencia del sudamericano o la resignación del ministro de la Reina que no lo lanzó a puntapiés escaleras abajo". Calificaba al diplomático argentino como representante de "un estado rebelde y de segunda categoría".
Hasta nuestros días, la disputa de la soberanía se encuentra estancada por la negación insistente de los británicos a someterse a rondas de negociación para encontrar un punto de equilibro satisfactorio para las partes.

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