La resolución del Tribunal Supremo de los Estados Unidos de
América, que rechaza la apelación presentada por el Gobierno de la República
Argentina en dirección a que la cuestión del pago de su deuda pública quede
circunscripto en el marco de la ley, y que un tribunal inferior a aquella
estableció que entidades adquirientes de los bonos soberanos de la deuda
argentina sean incluidos como acreedores de buena fe pese a que no se acogieron
a la moratoria que creó la nueva estructura de pagos aprobada por la Argentina
y sus acreedores, abre las puertas a que esas entidades y organizaciones
financieras que compraron aquellos documentos que una vez había emitido el país
como forma de honrar sus créditos, y que a consecuencia de la caída de las
finanzas públicas en el año 2001 quedaron impagas, reciban el dinero al valor
escrito en los bonos y a sumar los intereses que prometía pagar con su compra.
Este es el último episodio de una historia oscura,
suscripta por políticos y financistas, que empujaron a la tesorería de la
Argentina al desembolso del dinero recaudado por sus habitantes para ser
volcado en favor de los intereses económicos de comisionistas adinerados que
concentran su atención en los nuevos mercados en búsqueda de oportunidades para
sus negocios.
El 1 de Julio de 1824 fue el momento culminante de una de
esas oportunidades que estaban trabajando. Y la alcanzaron en el Río de la
Plata con la ayuda de la intriga desplegada por una red de espías que fomentó
la atmósfera que convenía a los financistas.
Baring Brothers se convirtió en la primera banca extranjera
en llegar a un acuerdo con las autoridades argentinas después de consumada su
independencia política, al pactar la entrega de 1 millón de libras esterlinas.
Fundado en 1762 por Francis Baring, un holandés, la banca
inglesa tenía importantes antecedentes en operaciones a gran escala para la
gestión de activos entre naciones. La más célebre de ellas fue la “Compra de
Louisiana”, el tratado de 1803 que le permitió a los Estados Unidos de América
la adquisición de las tierras que pertenecían a Francia, por 53 millones de
francos.
Argentina era una nueva nación que tenía todo por hacer. Y
desde luego, la economía era uno de los aspectos que necesitaba estimular.
Aunque cada sector social tenía sus intereses y se había consolidado un poder
político para trazar los planes de acción que alimentara las expectativas
promisorias del pueblo, el ambiente fue envenenado por la acción de la política
exterior del Reino Unido.
El ministro de asuntos exteriores británico, George
Canning, tenía un particular interés geopolítico en hacer que Argentina sea cobijada
por el Imperio. Para ello se sirvió de un amigo de Jeremy Bentham:
Bernardino Rivadavia.
Este personaje siniestro había ocupado cargos públicos en
las primeras pruebas políticas que zanjó el peligroso camino de la
independencia del Río de la Plata. Y por ello, conocía a las personalidades que
deambulaban los pasillos de la vida pública. Este conocimiento, lo comunicaba
con recurrencia a los agentes británicos que estaban estacionados en la región,
e informaba sobre los movimientos de las autoridades, y de los individuos que
podían ser útiles para el provecho inglés.
Rivadavia contaba con un colaborador fiel: Manuel José
García. Su figura fue silenciada por los escritores de la historia oficial,
debido a que su vergonzosa diligencia no pudo presentarse como beneficiosa a
los intereses argentinos.
García fue el negociador político del Empréstito Baring
Brothers. Los “detalles” fueron arreglados por una comisión negociadora que la
banca impuso para legitimar la convención financiera. Dicha comisión fue
integrada por Félix Castro, Braulio Costa, Miguel Riglos, Guillermo Parish
Roberston, Juan Parish Roberston, y Juan Pablo Sáenz Valiente.
El empréstito, como tal, fue dividido en porciones. El 12%
se destinó como pago a los servicios prestados por la comisión negociadora. El
32% se clasificó en un paquete que incluía “servicios adelantados” y pagos
conexos a Baring Brothers. El 56% restante eran los recursos disponibles para
volcarlos en la construcción del alcantarillado de Buenos Aires, su puerto y la
fundación de pueblos fronterizos, la excusa para contraer la deuda. Sin
embargo, al país, llegó el 6,4% del crédito. El 0,2% ingresó en metálico; y el
otro 6,2% entró como documentos (letras, bonos). El 49,6% remanente quedó
retenido en Gran Bretaña. Las obras nunca se realizaron. El país pagaba un 6%
anual en concepto de intereses por los servicios de la deuda. En 1828,
Argentina ingresó en cesación de pagos y Baring Brothers se resarció con dos
barcos que se estaban construyendo en astilleros ingleses y con una sección de
la flota militar. Los años pasaron hasta llegar a una renegociación de la
deuda, en 1904. Finalmente, en 1947, Argentina saldó la totalidad del
empréstito. 123 años de un fraude financiero, que fue anticipado por la actitud
adoptada por Nathan Rothschild al retirarse de la negociación por el crédito y
allanarle el camino a Baring. La casa londinense quebró en 1995 y fue adquirida
por ING, un grupo financiero holandés.