martes, 23 de julio de 2013

El "factor idiota" de la época

Cada época tiene su slogan. 25 años atrás era el fin de la era Reagan y la víspera del derrumbe del dogmatismo soviético. EUA se convertiría, en breve, en la superpotencia vencedora y en el diseñador del mundo próspero que ingresaría al siglo XXI.
Un socialista “chapado a la antigua” era tratado como un “vencido”, cómo un “idiota”, que sólo era merecedor del desdén de la comunidad. Y esto, también, se trasladó a los círculos de pensamiento.
Los periódicos que simpatizaban con ideas de izquierda sufrieron una disminución en su audiencia, en especial cuando sus comunidades los identificaron como “comunicadores frustrados”. Y esa palabra, sería el estribillo de los “vencedores”.
Por caso, los pensadores de izquierda eran invitados a los programas de TV para confrontar con las ideas de éxito (las que estaban asociadas al capitalismo). Y luego participaban del debate los exponentes personificados del sistema -encubierto por las organizaciones de prensa a través de conversaciones telefónicas o de traspaso de secciones dentro del programa-.
Este procedimiento, considerado una “herramienta de estilo”, tenía la finalidad de obrar como táctica de bloqueo ante posibles entredichos (un ejemplo notorio en Argentina fue el enfrentamiento público entre el finado Alfredo Bravo y el reo Miguel Etchecolatz en el programa Hora Clave), funcionó muy bien hasta fines de los años ’90 cuando las grietas que advirtieron los expertos y decanos de la doctrina, comenzaron a ser aprovechadas por las organizaciones políticas de izquierda.
Poco a poco, los “frustrados” comenzaron a entrar en escena de la mano de las propias contradicciones que el capitalismo encierra en su adopción como sistema económico. Los años del Consenso de Washington y, embriagados por las supuestas tendencias monolíticas del capitalismo, convencieron a algunos comentaristas de reforzar el ideario y explicar al público que debían apoyar el capitalismo sin limitaciones.
Los vientos cambiaron y la política comenzó a ocupar el vacío de la economía sectaria. Un indicador del nuevo orden en la década del 2000, fue el surgimiento en los países de la periferia, de administraciones que se contraponían con los postulados de Washington y que apostaban a los conceptos del capitalismo renano.
Esta doctrina fue brillantemente divulgada en la obra “Capitalismo contra Capitalismo” del francés Michel Albert, publicado en 1991. Según su autor, la derrota del comunismo encubría la posibilidad de que emergiera un capitalismo desenfrenado -llamado por Albert como Neocapitalismo Norteamericano-.
En la vereda de enfrente, se colocaba el Capitalismo Renano, una idea más humana, llamada a cumplir un papel social y tecnológico en el interior del sistema mundial, como lo fidelizan los habitantes de las márgenes del río Rin, de donde procede la denominación. Su explicación fue dicotómica.
Para el neocapitalismo norteamericano, el pobre es el culpable de todo y procurar brindarles asistencia es sucumbir a su crónica dependencia. Para el capitalismo renano, el pobre es víctima de la evolución económica, procurando su adaptación a través de la capacitación, el entrenamiento y la asistencia para hacer la transición.
Es entendible y coherente suponer que cada etapa pos-soviética pretendió llevar adelante un modelo que “administrase” la victoria capitalista. Lo que no encuadra en la situación actual es encontrar un solo hecho que hubiera elaborado una Teoría de la Independencia Económica de Latinoamérica.
En la literatura especializada, no hay una nota o comentario que barajara esta posibilidad, y esto sucede, en parte, por el desinterés y el rol terciario que jugaba América Latina en el teatro de operaciones de la política internacional. El hecho de que emergiera el Brics como respuesta a la exclusión del Primer Mundo, demuestra el escandaloso reparto del botín del comercio mundial.
Y esta fue la verdadera reacción de un público insatisfecho que pretendió mostrarle al resto del mundo, que las alianzas estratégicas de las materias primas y de sus industrias pueden ser resguardadas sin la necesidad de “protectorados” comerciales ni económicos. Finalmente, el “factor idiota” del juego, acabó.

lunes, 1 de julio de 2013

La anécdota de como Perón contrató a Miguel Miranda

La historia es narrada por el propio finado General Perón quién, desde el exilio, lo condensó en su libro “La Fuerza es el Derecho de las Bestias”, escrita en 1957.
Decía su Autor:
"Comenzamos a estudiar la realización de la primera etapa de la independencia económica: La recuperación de la deuda y la compra de los servicios públicos.
Llamé a una reunión privada a los técnicos en economía más calificados. Me perdí diez horas explicándoles mis planes y dándoles todos los datos necesarios para encarar el problema. Se fueron, luego, a estudiar y, tres días después, nos reunimos de nuevo para considerar soluciones.
Confieso que me quedé defraudado, pues conversaron mucho, no dijeron nada y, lo poco que trajeron, no lo entendí porque lo hicieron en una terminología tan rara y tan confusa que, dudo que ellos mismos, se entendieran.
La reunión terminó un poco intempestivamente, pues uno de ellos me dijo:
-‘Señor, usted debe gastar tantos miles de millones que ni tiene. Si no tiene dinero ¿cómo quiere comprar?’-. A lo que yo respondí:
-‘Amiguito: Si yo tuviera el dinero no lo habría llamado a usted, habría comprado’-. Y aquí terminó la entrevista.
Me convencí que no era asunto de técnicos, sino de comerciantes. Y llamé a mi gran amigo, don Miguel Miranda, el ‘Zar de las Finanzas Argentinas’ como algunos le llamaron. Él, había empezado como empleado, con noventa pesos de sueldo, y en diez años había levantado treinta fábricas.
Le conté el incidente con los técnicos y me dijo:
-‘¡General! ¿Usted cree que si fueran capaces de algo estarían ganando un sueldo miserable como asesores?’-
-‘Pero, Miranda’-, le dije: -‘¡Vea que hay que comprar mucho y no tenemos dinero!’-
-‘Esa es la forma de comprar, sin dinero’-, me dijo. -‘¡Con plata compran los tontos!’-
-‘Este es mi hombre, pensé para mí...’-
Miguel Miranda era un verdadero genio. Su intuición, su tremenda capacidad de síntesis y su certera visión comercial, hicieron ganar a la República, en un año, más que cincuenta años de la acción de todos sus economistas diletantes y generalizadores de métodos y sistemas rutinarios e intrascendentes.
Fue allí mismo que entregué a Miranda la dirección económica, creando el Consejo Económico Nacional y nombrándolo Presidente. Él fue, desde entonces, el artífice de esa tremenda batalla que se llamó la recuperación nacional, que culminó con la independencia económica argentina”.