Cada época tiene su slogan. 25 años atrás era el fin de la era Reagan y la víspera del derrumbe del dogmatismo soviético. EUA se convertiría, en breve, en la superpotencia vencedora y en el diseñador del mundo próspero que ingresaría al siglo XXI.
Un socialista “chapado a la antigua” era tratado como un “vencido”, cómo un “idiota”, que sólo era merecedor del desdén de la comunidad. Y esto, también, se trasladó a los círculos de pensamiento.
Los periódicos que simpatizaban con ideas de izquierda sufrieron una disminución en su audiencia, en especial cuando sus comunidades los identificaron como “comunicadores frustrados”. Y esa palabra, sería el estribillo de los “vencedores”.
Por caso, los pensadores de izquierda eran invitados a los programas de TV para confrontar con las ideas de éxito (las que estaban asociadas al capitalismo). Y luego participaban del debate los exponentes personificados del sistema -encubierto por las organizaciones de prensa a través de conversaciones telefónicas o de traspaso de secciones dentro del programa-.
Este procedimiento, considerado una “herramienta de estilo”, tenía la finalidad de obrar como táctica de bloqueo ante posibles entredichos (un ejemplo notorio en Argentina fue el enfrentamiento público entre el finado Alfredo Bravo y el reo Miguel Etchecolatz en el programa Hora Clave), funcionó muy bien hasta fines de los años ’90 cuando las grietas que advirtieron los expertos y decanos de la doctrina, comenzaron a ser aprovechadas por las organizaciones políticas de izquierda.
Poco a poco, los “frustrados” comenzaron a entrar en escena de la mano de las propias contradicciones que el capitalismo encierra en su adopción como sistema económico. Los años del Consenso de Washington y, embriagados por las supuestas tendencias monolíticas del capitalismo, convencieron a algunos comentaristas de reforzar el ideario y explicar al público que debían apoyar el capitalismo sin limitaciones.
Los vientos cambiaron y la política comenzó a ocupar el vacío de la economía sectaria. Un indicador del nuevo orden en la década del 2000, fue el surgimiento en los países de la periferia, de administraciones que se contraponían con los postulados de Washington y que apostaban a los conceptos del capitalismo renano.
Esta doctrina fue brillantemente divulgada en la obra “Capitalismo contra Capitalismo” del francés Michel Albert, publicado en 1991. Según su autor, la derrota del comunismo encubría la posibilidad de que emergiera un capitalismo desenfrenado -llamado por Albert como Neocapitalismo Norteamericano-.
En la vereda de enfrente, se colocaba el Capitalismo Renano, una idea más humana, llamada a cumplir un papel social y tecnológico en el interior del sistema mundial, como lo fidelizan los habitantes de las márgenes del río Rin, de donde procede la denominación. Su explicación fue dicotómica.
Para el neocapitalismo norteamericano, el pobre es el culpable de todo y procurar brindarles asistencia es sucumbir a su crónica dependencia. Para el capitalismo renano, el pobre es víctima de la evolución económica, procurando su adaptación a través de la capacitación, el entrenamiento y la asistencia para hacer la transición.
Es entendible y coherente suponer que cada etapa pos-soviética pretendió llevar adelante un modelo que “administrase” la victoria capitalista. Lo que no encuadra en la situación actual es encontrar un solo hecho que hubiera elaborado una Teoría de la Independencia Económica de Latinoamérica.
En la literatura especializada, no hay una nota o comentario que barajara esta posibilidad, y esto sucede, en parte, por el desinterés y el rol terciario que jugaba América Latina en el teatro de operaciones de la política internacional. El hecho de que emergiera el Brics como respuesta a la exclusión del Primer Mundo, demuestra el escandaloso reparto del botín del comercio mundial.
Y esta fue la verdadera reacción de un público insatisfecho que pretendió mostrarle al resto del mundo, que las alianzas estratégicas de las materias primas y de sus industrias pueden ser resguardadas sin la necesidad de “protectorados” comerciales ni económicos. Finalmente, el “factor idiota” del juego, acabó.