domingo, 20 de abril de 2014

Confluencia Furtiva

Existen personas que por problemas en la economía deben emigrar de una zona a otra del planeta. Ese es el caso de María Salinas, una joven que debió marcharse para encontrar la fortuna que su patria le impugnaba. Con sus 21 años, emprendió su traslado desde América del Sur y encontró un empleo, a comienzos de la primavera en el hemisferio norte, como criada en la casa de Bill War, un gerente de filial de una importante firma aeronáutica de la ciudad de San Diego, en EUA.
Es el primer día de julio, y el verano aprieta el termómetro. El dueño de casa se ausentará durante dos semanas por un viaje auspiciado por la compañía. María le lleva el equipaje hasta la puerta porque el taxi solicitado ya estaba esperando. Su jefe le pide al taxista que espere. Sin rodeos, María intenta saber:
—¿Algún problema?, señor.
—Ningún problema —contesta—. Espero a mi amigo que se quedará contigo.
—No sabía que iba a tener compañía —responde asombrada.
—¿Creíste que te dejaría sola?. —Pensándolo bien, tiene razón.
—El imaginario de todo empleado es trabajar sin tutela. Ese es su mundo ideal. Y no te culpo: alguna vez lo creí así.
—Pero hoy es jefe. —Y también empleado, sólo que tengo una mayor responsabilidad y mucho de qué preocuparme.
En ese momento, estaciona un automóvil frente a la casa y detrás del taxi. Es John Round, su amigo.
—Perdón por la espera —le dice, mientras baja del automóvil y junta las manos en señal de súplica.
—Por un momento creí que te olvidaste. —Eso nunca.
—Aquí tienes mis instrucciones que quiero que veas —mientras le entrega un papel plegado por la mitad.
—¿Cuándo regresarás? —Todavía no me fui ¿Y ya me extrañas?.
—Es que no tendré a mi confesor por un tiempo —responde riendo.
De punta en blanco, Bill se despide de su criada. Sube al taxi que lo llevará al aeropuerto y, antes de emprender el viaje, les recomienda a John:
—No olvides de avisarme de todo lo que ocurra.
—Lo haré —contestó, mientras levanta su mano derecha para despedirse. —Adiós, señor —se despide María.
María y John miran como el taxi se pierde en el horizonte e ingresan a la casa.
Es la primera vez que la criada estará sin su jefe desde que se instaló para trabajar. De modo que espera días de tranquilidad. Lo mismo piensa el casero provisional: él tiene su propia ocupación. Pequeño propietario de una tienda de artículos deportivos, de caza y pesca en la calle del apostadero de la Armada, no pretende que la tarea que le asignó su amigo lo distraiga de sus negocios.
—¿Qué trabajos haces? —pregunta John, mirando el papel con instrucciones.
—Mantener limpia la casa y avisar todo cuanto pase.
—¿Sólo eso?. —Sólo eso. Es lo que me pide. Le basta con que haga eso. De hecho, tengo que inventar para no aburrirme en la mañana. Por suerte, mi jefe tiene aparatos de gimnasia, y eso me distrae.
—Eres afortunada. Bill es tolerante. —Lo soy, no me puedo quejar.
—Desde que somos amigos, nunca me enteré que sus empleados tengan problemas. No es déspota, y eso es la clave de su éxito, en todo. Es generoso. Y tienes la evidencia de lo que digo —afirma, con una sonrisa.
—Así es —y con gesto de duda, pregunta—. ¿Qué harás ahora?.
—Puedo quedarme todo el tiempo que desee. Claro que soy una persona ocupada y tengo mis negocios pero puedo operar desde aquí. Tengo dos dependientes en mi tienda que son eficientes.
—Disculpa la pregunta. ¿Puedo preguntarte por tu familia?.
—Soy soltero. No tengo familia propia. —Oh, ya veo —entiende, con una sonrisa que crece.
Ambos se quedan mirando, pensativos. Ella hace un gesto, como si tuviera algo pendiente.
—Voy a la sala donde están las máquinas. ¿Quieres ver?. —Vamos.
Se dirigen a una sala donde hay tres máquinas: una bicicleta fija; una cinta de atleta; y una de complementos.
—¿Las has probado? —interroga María. —No. Habrás notado que desde que estás aquí no he venido nunca. Eso es así porque no tengo tiempo. La última vez que vine fue en la navidad. Pero, suelo ir al gimnasio una vez a la semana. Me vendría bien más tiempo disponible. Pero creo que hoy me pondré a hacer un poco de ejercicios —dice riendo.
—Ahí vengo —contesta ella—. Y se retira de la sala.
John se sube a la cinta. Lo entusiasma la idea de tener dos semanas en la que podrá ejercitarse gratis. Unos minutos después, regresa María. Vuelve con indumentaria apropiada. Se muestra experimentada en la cuestión. Y elige ejercitarse en la bicicleta fija.
Es en ese momento en el que John la mira detenidamente y advierte lo agraciada que es en lo corporal. Por ahora, se concentra en su cinta y camina moderadamente. Una hora más tarde, los dos coinciden en dejar las máquinas. Se trasladan a la cocina. La criada invita con un vaso de jugo como refrigerio.
—Antes del mediodía me voy a trabajar —interrumpe María.
—¿Tienes otro empleo?. —Trabajo en un gimnasio. Me desempeño como empleada de limpieza del vestuario de mujeres. Mi hora de entrada es al mediodía. Tengo tiempo de prepararme. Son las nueve en punto de la mañana. Así que aprovecharé la piscina.
Los dos se sientan a la mesa y John le presenta una pregunta para María, que la toma un tanto de sorpresa.
—¿De dónde eres?. —No soy de este país —contesta cabizbaja.
—Por un momento creí que lo eras. —Sí, pero no lo soy. Emigré porque las cosas se pusieron difíciles.
—Hablas bien el idioma. —Gracias —sonríe María.
—¿Y cuándo llegaste?. —En marzo. Al tercer día, conocí a mi jefe y le pedí trabajo. Y acá estoy.
—¿Y lo del gimnasio? —Lo conseguí al mes de estar aquí.
—Tienes suerte. —No lo sé. Debe ser mi forma de ser.
—Me dijiste que de dónde vienes las cosas se pusieron difíciles. ¿Por qué?. —Por la economía.
—Nosotros no tenemos nada seguro aquí. —Pero puedes tener un proyecto de vida. Se gana bien...
—¿A qué te dedicabas?. —¿Allá?.
—Sí, de dónde vienes. —Cuidaba una niña. Sus padres trabajaban y yo quedaba a su cuidado. El fin de semana tenía libre y podía repartir invitaciones para un club nocturno, como segundo empleo. Dentro de todo, no me podía quejar.
—¿Y por qué emigraste?. —Por lo que te dije: aquí tienes un proyecto de vida y ganas bien. Y con esfuerzo, obtienes logros. Allá la paga es mala y las tareas son múltiples. Haces de todo un poco. No tienes posibilidad de tener un proyecto personal. Es improvisación, todo.
—Eso fue lo que te empujó a emigrar. —Te empuja a emigrar esa incertidumbre. No hay nada seguro. Mucho menos esos empleos. En cualquier momento pueden decirte que no te necesitan más y terminas en la calle —le dice, resignada.
—Realmente, veo todo —entiende John.
Mientras María mira su vaso de jugo, él aprovecha el ínterin en la conversación para mirarla. Ella tiene la figura de esas que le hacen perder hasta la camisa a quienquiera que la mire. Él le sonríe, porque recordar su patria la puso melancólica.
—Te va bien. No tienes de que preocuparte —la anima John—.
—Eso espero —sonríe ella.
—Creo que me voy a dar un chapuzón —asegura John.
—Bien, después lo haré yo.
—¿Por qué?. Puedes nadar estando yo. Después tienes que ir a trabajar y no tendrás tiempo. —¿No hay problema?.
—Ningún problema. Sabes lo que tienes que hacer, no necesitas de mí. —Gracias. Bien, me cambio e iré a nadar.
—Antes de que te vayas a cambiar, quiero un favor. —Lo que necesite, señor.
—Llámame John. Necesito que veas si Bill tiene ropa de baño aquí porque no tengo ahora. —Enseguida, John.
Ella regresa, luego, con el encargo. Y le muestra lo que encontró en el ropero. Dos prendas de baño.
—¿Cuál te gusta? —pregunta él.
—Me gustan los colores claros, así que este celeste es el que elijo.
—Bien, me pondré el que te gusta.
John ingresa a la piscina y se da una primera inmersión. Cinco minutos después, María aparece con una bata de baño. John está ansioso de verla en ropa de baño. La vista previa en la sala donde están estacionadas las máquinas de gimnasia lo estimula a imaginar. Cuando la criada de quita su cubierta y deja ver su cuerpo, John cree ingresar en una escena de cine paradisíaca. Sus 92-60-92 lentamente entran a la piscina y la contempla sin disimulo.
Ahora que confirmó que su imaginación no fue defraudada, cree indispensable acrecentar el acervo interpersonal. Y ensaya:
—Cuidar una niña es más difícil que cuidar una casa. ¿No lo crees? —sugiere.
—Sí. Lo creo. Pero hay algo más...
—¿Qué?. —Voy a contarte una historia: un día coincidí en la parada del autobús con una chica que trabajaba a dos casas de distancia en la que yo me desempeñaba como niñera. Era la hora de la vuelta. Conversamos sobre nuestros respectivos trabajos y cuando llegamos a la estación de trenes, me confesó que quería conseguir otro empleo. Que ya no quería estar más allí. Al principio no la interrogué sobre el porqué. Pero luego entendí que no era una cuestión de dinero la causa de su intento de salirse de esa casa.
—¿Qué era?. —Su jefe.
—¿Había algún problema?. —Sí. La acosaba.
—¿Cómo?. —interrumpe, consternado, John.
—De donde vengo, pasan estas cosas, todos los días. Es más probable que tu jefe quiera que te instales en su casa, a que tengas la posibilidad de regresar todos los días a tu hogar. A veces creo que es una cuestión de control. No lo tengo claro. Pero sí que es algo frecuente.
—Pero eso, no está bien. —En todos lados, no es lo mismo. Esta es “la” realidad. Y hay que aceptarla. No olvides que no abundan alternativas. Pero aquí es diferente.
—¿En qué?. —En que no tengo control. Es más: aquí decido todo sobre la casa. Mi jefe aprueba. Allá no te permiten tener amistades que puedan interferir con tu trabajo. Son estrictos en eso. Además, como tienes pocas cosas para hacer, es mil veces más probable que no te quieran aumentar la paga. Sólo te piden que cumplas con lo asignado... Y cumplir, también tiene su lado oscuro...
—¿A qué te refieres?. —Bueno... digamos que de dónde vengo existen las relaciones entre el jefe y la criada.
—¿Es en serio? —pregunta asombrado.
—Tan cierto como que el agua es agua —afirma ella.
—¿Y eso no trae problemas?. ¿No hay pleitos?. —Nunca me enteré de alguno —contesta María —. Y dudo de que si hay denuncia, se llegue a alguna parte...
—¿Te paso estar en esa situación?. —No. Por suerte, no.
—Bueno, me reconforta saber que no tuviste una situación así. Y lamento mucho que ocurran esas cosas. —En el mundo hay muchas historias —asegura María mientras menea su cabeza en señal afirmativamente.
—Hay cosas que uno no entiende. —Es posible. De igual modo, puedo decirte que estaba preparada para afrontar una circunstancia así.
Estas palabras últimas lo confunden y la mira contrariado. No logra entender que es estar preparado para una situación así. Y ella vuelve a hablar, intentando aclarar:
—Quiero decir que cuando llegué a este país, no sabía con lo que me iba a encontrar. Si hubiera tenido que mantener relaciones con mi jefe, lo hubiese aceptado como un servicio más del que ocuparme. No hubiera tenido un no como respuesta. Además, ¿dónde iría?.
—¿Estás hablando en serio?.  —Estoy hablando en serio.
—Si Bill quisiera, ¿podría acostarse contigo?. —Sí. Y si tú quieres, también puedes tenerme a tu conveniencia. ¿Qué opinas?.
John la queda mirando. Y ella vuelve a la carga:
—¿Crees que podrás? —le pregunta ella, mientras le muestra sus pezones desvestidos por sobre el agua.
—¿Crees que podremos? —le insiste ella, al mismo tiempo que le muestra por sobre el agua su bajo vientre desarropado.
Él se anima tímidamente a acercarse, con cada vez menos inhibición. Y se anima a consentir con la cabeza la requisitoria.
—Hace tres meses que no estuve con nadie —le dice María.
Ella se sienta en el borde menos profundo de la piscina y lo invita:
—¿Por dónde quieres empezar?.
Y ambos se convierten en una simbiosis de deleite...