Existen
personas que por problemas en la economía deben emigrar de una zona a otra del
planeta. Ese es el caso de María Salinas, una joven que debió marcharse para
encontrar la fortuna que su patria le impugnaba. Con sus 21 años, emprendió su
traslado desde América del Sur y encontró un empleo, a comienzos de la
primavera en el hemisferio norte, como criada en la casa de Bill War, un
gerente de filial de una importante firma aeronáutica de la ciudad de San
Diego, en EUA.
Es el primer
día de julio, y el verano aprieta el termómetro. El dueño de casa se ausentará
durante dos semanas por un viaje auspiciado por la compañía. María le lleva el
equipaje hasta la puerta porque el taxi solicitado ya estaba esperando. Su jefe
le pide al taxista que espere. Sin rodeos, María intenta saber:
—¿Algún
problema?, señor.
—Ningún
problema —contesta—. Espero a mi amigo que se quedará contigo.
—No sabía
que iba a tener compañía —responde asombrada.
—¿Creíste
que te dejaría sola?. —Pensándolo bien, tiene razón.
—El
imaginario de todo empleado es trabajar sin tutela. Ese es su mundo ideal. Y no
te culpo: alguna vez lo creí así.
—Pero hoy es
jefe. —Y también empleado, sólo que tengo una mayor responsabilidad y mucho de qué
preocuparme.
En ese
momento, estaciona un automóvil frente a la casa y detrás del taxi. Es John
Round, su amigo.
—Perdón por
la espera —le dice, mientras baja del automóvil y junta las manos en señal de
súplica.
—Por un
momento creí que te olvidaste. —Eso nunca.
—Aquí tienes
mis instrucciones que quiero que veas —mientras le entrega un papel plegado por
la mitad.
—¿Cuándo regresarás?
—Todavía no me fui ¿Y ya me extrañas?.
—Es que no
tendré a mi confesor por un tiempo —responde riendo.
De punta en
blanco, Bill se despide de su criada. Sube al taxi que lo llevará al aeropuerto
y, antes de emprender el viaje, les recomienda a John:
—No olvides
de avisarme de todo lo que ocurra.
—Lo haré —contestó,
mientras levanta su mano derecha para despedirse. —Adiós, señor —se despide
María.
María y John
miran como el taxi se pierde en el horizonte e ingresan a la casa.
Es la
primera vez que la criada estará sin su jefe desde que se instaló para
trabajar. De modo que espera días de tranquilidad. Lo mismo piensa el casero
provisional: él tiene su propia ocupación. Pequeño propietario de una tienda de
artículos deportivos, de caza y pesca en la calle del apostadero de la Armada, no
pretende que la tarea que le asignó su amigo lo distraiga de sus negocios.
—¿Qué
trabajos haces? —pregunta John, mirando el papel con instrucciones.
—Mantener
limpia la casa y avisar todo cuanto pase.
—¿Sólo eso?.
—Sólo eso. Es lo que me pide. Le basta con que haga eso. De hecho, tengo que
inventar para no aburrirme en la mañana. Por
suerte, mi jefe tiene aparatos de gimnasia, y eso me distrae.
—Eres
afortunada. Bill es tolerante. —Lo soy, no me puedo quejar.
—Desde que somos
amigos, nunca me enteré que sus empleados tengan problemas. No es déspota, y
eso es la clave de su éxito, en todo. Es generoso. Y tienes la evidencia de lo
que digo —afirma, con una sonrisa.
—Así es —y
con gesto de duda, pregunta—. ¿Qué harás ahora?.
—Puedo
quedarme todo el tiempo que desee. Claro que soy una persona ocupada y tengo
mis negocios pero puedo operar desde aquí. Tengo dos dependientes en mi tienda
que son eficientes.
—Disculpa la
pregunta. ¿Puedo preguntarte por tu familia?.
—Soy
soltero. No tengo familia propia. —Oh, ya veo —entiende, con una sonrisa que
crece.
Ambos se
quedan mirando, pensativos. Ella hace un gesto, como si tuviera algo pendiente.
—Voy a la
sala donde están las máquinas. ¿Quieres ver?. —Vamos.
Se dirigen a
una sala donde hay tres máquinas: una bicicleta fija; una cinta de atleta; y
una de complementos.
—¿Las has
probado? —interroga María. —No. Habrás notado que desde que estás aquí no he
venido nunca. Eso es así porque no tengo tiempo. La última vez que vine fue en
la navidad. Pero, suelo ir al gimnasio una vez a la semana. Me vendría bien más
tiempo disponible. Pero creo que hoy me pondré a hacer un poco de ejercicios —dice
riendo.
—Ahí vengo —contesta
ella—. Y se retira de la sala.
John se sube
a la cinta. Lo entusiasma la idea de tener dos semanas en la que podrá
ejercitarse gratis. Unos minutos después, regresa María. Vuelve con
indumentaria apropiada. Se muestra experimentada en la cuestión. Y elige ejercitarse
en la bicicleta fija.
Es en ese
momento en el que John la mira detenidamente y advierte lo agraciada que es en lo
corporal. Por ahora, se concentra en su cinta y camina moderadamente. Una hora
más tarde, los dos coinciden en dejar las máquinas. Se trasladan a la cocina. La
criada invita con un vaso de jugo como refrigerio.
—Antes del
mediodía me voy a trabajar —interrumpe María.
—¿Tienes
otro empleo?. —Trabajo en un gimnasio. Me desempeño como empleada de limpieza
del vestuario de mujeres. Mi hora de entrada es al mediodía. Tengo tiempo de prepararme.
Son las nueve en punto de la mañana. Así que aprovecharé la piscina.
Los dos se
sientan a la mesa y John le presenta una pregunta para María, que la toma un
tanto de sorpresa.
—¿De dónde
eres?. —No soy de este país —contesta cabizbaja.
—Por un
momento creí que lo eras. —Sí, pero no lo soy. Emigré porque las cosas se
pusieron difíciles.
—Hablas bien
el idioma. —Gracias —sonríe María.
—¿Y cuándo
llegaste?. —En marzo. Al tercer día, conocí a mi jefe y le pedí trabajo. Y acá
estoy.
—¿Y lo del
gimnasio? —Lo conseguí al mes de estar aquí.
—Tienes
suerte. —No lo sé. Debe ser mi forma de ser.
—Me dijiste
que de dónde vienes las cosas se pusieron difíciles. ¿Por qué?. —Por la
economía.
—Nosotros no
tenemos nada seguro aquí. —Pero puedes tener un proyecto de vida. Se gana bien...
—¿A qué te
dedicabas?. —¿Allá?.
—Sí, de dónde
vienes. —Cuidaba una niña. Sus padres trabajaban y yo quedaba a su cuidado. El
fin de semana tenía libre y podía repartir invitaciones para un club nocturno,
como segundo empleo. Dentro de todo, no me podía quejar.
—¿Y por qué
emigraste?. —Por lo que te dije: aquí tienes un proyecto de vida y ganas bien.
Y con esfuerzo, obtienes logros. Allá la paga es mala y las tareas son
múltiples. Haces de todo un poco. No tienes posibilidad de tener un proyecto
personal. Es improvisación, todo.
—Eso fue lo
que te empujó a emigrar. —Te empuja a emigrar esa incertidumbre. No hay nada
seguro. Mucho menos esos empleos. En cualquier momento pueden decirte que no te
necesitan más y terminas en la calle —le dice, resignada.
—Realmente,
veo todo —entiende John.
Mientras
María mira su vaso de jugo, él aprovecha el ínterin en la conversación para
mirarla. Ella tiene la figura de esas que le hacen perder hasta la camisa a
quienquiera que la mire. Él le sonríe, porque recordar su patria la puso melancólica.
—Te va bien.
No tienes de que preocuparte —la anima John—.
—Eso espero —sonríe
ella.
—Creo que me
voy a dar un chapuzón —asegura John.
—Bien,
después lo haré yo.
—¿Por qué?.
Puedes nadar estando yo. Después tienes que ir a trabajar y no tendrás tiempo. —¿No
hay problema?.
—Ningún
problema. Sabes lo que tienes que hacer, no necesitas de mí. —Gracias. Bien, me
cambio e iré a nadar.
—Antes de
que te vayas a cambiar, quiero un favor. —Lo que necesite, señor.
—Llámame
John. Necesito que veas si Bill tiene ropa de baño aquí porque no tengo ahora. —Enseguida,
John.
Ella
regresa, luego, con el encargo. Y le muestra lo que encontró en el ropero. Dos
prendas de baño.
—¿Cuál te
gusta? —pregunta él.
—Me gustan
los colores claros, así que este celeste es el que elijo.
—Bien, me
pondré el que te gusta.
John ingresa
a la piscina y se da una primera inmersión. Cinco minutos después, María
aparece con una bata de baño. John está ansioso de verla en ropa de baño. La
vista previa en la sala donde están estacionadas las máquinas de gimnasia lo
estimula a imaginar. Cuando la criada de quita su cubierta y deja ver su
cuerpo, John cree ingresar en una escena de cine paradisíaca. Sus 92-60-92
lentamente entran a la piscina y la contempla sin disimulo.
Ahora que
confirmó que su imaginación no fue defraudada, cree indispensable acrecentar el
acervo interpersonal. Y ensaya:
—Cuidar una
niña es más difícil que cuidar una casa. ¿No lo crees? —sugiere.
—Sí. Lo creo.
Pero hay algo más...
—¿Qué?. —Voy
a contarte una historia: un día coincidí en la parada del autobús con una chica
que trabajaba a dos casas de distancia en la que yo me desempeñaba como niñera.
Era la hora de la vuelta. Conversamos sobre nuestros respectivos trabajos y
cuando llegamos a la estación de trenes, me confesó que quería conseguir otro
empleo. Que ya no quería estar más allí. Al principio no la interrogué sobre el
porqué. Pero luego entendí que no era una cuestión de dinero la causa de su
intento de salirse de esa casa.
—¿Qué era?. —Su
jefe.
—¿Había
algún problema?. —Sí. La acosaba.
—¿Cómo?. —interrumpe,
consternado, John.
—De donde vengo,
pasan estas cosas, todos los días. Es más probable que tu jefe quiera que te
instales en su casa, a que tengas la posibilidad de regresar todos los días a
tu hogar. A veces creo que es una cuestión de control. No lo tengo claro. Pero sí
que es algo frecuente.
—Pero eso,
no está bien. —En todos lados, no es lo mismo. Esta es “la” realidad. Y hay que
aceptarla. No olvides que no abundan alternativas. Pero aquí es diferente.
—¿En qué?. —En
que no tengo control. Es más: aquí decido todo sobre la casa. Mi jefe aprueba.
Allá no te permiten tener amistades que puedan interferir con tu trabajo. Son
estrictos en eso. Además, como tienes pocas cosas para hacer, es mil veces más
probable que no te quieran aumentar la paga. Sólo te piden que cumplas con lo
asignado... Y cumplir, también tiene su lado oscuro...
—¿A qué te
refieres?. —Bueno... digamos que de dónde vengo existen las relaciones entre el
jefe y la criada.
—¿Es en
serio? —pregunta asombrado.
—Tan cierto
como que el agua es agua —afirma ella.
—¿Y eso no
trae problemas?. ¿No hay pleitos?. —Nunca me enteré de alguno —contesta María —.
Y dudo de que si hay denuncia, se llegue a alguna parte...
—¿Te paso
estar en esa situación?. —No. Por suerte, no.
—Bueno, me
reconforta saber que no tuviste una situación así. Y lamento mucho que ocurran esas cosas. —En el mundo hay muchas historias —asegura María mientras menea su
cabeza en señal afirmativamente.
—Hay cosas
que uno no entiende. —Es posible. De igual modo, puedo decirte que estaba
preparada para afrontar una circunstancia así.
Estas
palabras últimas lo confunden y la mira contrariado. No logra entender que es
estar preparado para una situación así. Y ella vuelve a hablar, intentando
aclarar:
—Quiero
decir que cuando llegué a este país, no sabía con lo que me iba a encontrar. Si
hubiera tenido que mantener relaciones con mi jefe, lo hubiese aceptado como un
servicio más del que ocuparme. No hubiera tenido un no como respuesta. Además,
¿dónde iría?.
—¿Estás
hablando en serio?. —Estoy hablando en
serio.
—Si Bill
quisiera, ¿podría acostarse contigo?. —Sí. Y si tú quieres, también puedes
tenerme a tu conveniencia. ¿Qué opinas?.
John la
queda mirando. Y ella vuelve a la carga:
—¿Crees que
podrás? —le pregunta ella, mientras le muestra sus pezones desvestidos por
sobre el agua.
—¿Crees que
podremos? —le insiste ella, al mismo tiempo que le muestra por sobre el agua su
bajo vientre desarropado.
Él se anima
tímidamente a acercarse, con cada vez menos inhibición. Y se anima a consentir
con la cabeza la requisitoria.
—Hace tres
meses que no estuve con nadie —le dice María.
Ella se
sienta en el borde menos profundo de la piscina y lo invita:
—¿Por dónde
quieres empezar?.
Y ambos se
convierten en una simbiosis de deleite...
Yo creo que si va a poder... ;)
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