jueves, 17 de octubre de 2013

SINDICALISMO ARGENTINO: Evolución hasta los años del Peronismo

La primera huelga general


“Los sindicatos y no el partido político son el arma principal de la lucha proletaria”.

Cuando George Sorel pronunció estas palabras, inaugurando el Grupo Sindicalista en Francia, el movimiento sindical argentino estaba en auge.
A principios del siglo XX nuestro país experimentaba una creciente agitación social. La prolongada huelga de los estibadores, comenzada en noviembre 1902, fue reprimida por las autoridades. En respuesta a esa actitud del gobierno, otros sindicatos se plegaron a la huelga en solidaridad con los trabajadores portuarios.
Como consecuencia, el senador Miguel Cané, desempolvando un pedido formulado por la Unión Industrial Argentina al gobierno, en 1899, presentó una propuesta para cortar de raíz el estado de agitación. El Congreso lo convirtió en la ley 4.144., popularmente conocida como Ley de Residencia, con el único propósito de expulsar extranjeros sumariamente.
A esto, los sindicatos contestaron con una medida que hasta entonces era una innovación: la huelga general. La Federación Obrera Argentina (FOA), la central sindical precursora de la renombrada FORA, declaró la huelga general en protesta por la ley represiva. Paralelamente, el gobierno de Roca decretó el estado de sitio.
La lucha de los trabajadores encontró coordinación, y su intensificación mediante su generalización permitió la victoria de los estibadores, que finalmente vieron compensadas sus demandas.
Indudablemente, la huelga general como todo hecho nuevo, generó detractores en varios sectores: en las esferas oficiales temían una desestabilización que pudiera ser aprovechada por los socialistas; para estos últimos, la huelga general los alejaba de algún tipo de negociación y por ello la rechazaron, abandonando la FOA.
La Argentina estaba inserta en el mundo capitalista como proveedor de materias primas. Los cereales y la carne eran los productos que aportaban divisas a la renta nacional. La revolución industrial estaba mostrando sus virtudes en cuanto al mejoramiento de los transportes a nivel mundial.
Los trabajadores de los talleres industriales eran mayoría en las grandes ciudades del interior del país, muchos de ellos inmigrantes, que se agruparon para defender sus intereses laborales de aquel sistema que no los protegía y los despreciaba.
La Ley de Residencia fue la respuesta a las demandas de los comerciantes industriales que reclamaban límites contra los alborotadores que desconocían sus derechos a administrar sus talleres. Pese a los intentos legislativos, como el Código Nacional de Trabajo que se elaboró tomando como base un informe de Bialet Masse, no fueron suficientes y el estado de agitación continuó hasta llegar el Centenario de la Revolución de Mayo. 
Lo único cierto es que los trabajadores probaron el sabor dulce de la coordinación que produce las huelgas generales. Y este sería el instrumento de reivindicación hasta bien entrado la mitad del siglo XX.

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