viernes, 22 de marzo de 2013

Gestando la tormenta


El 16 de junio de 1846, Giovanni Maria Mastai-Ferretti se convertía en papa con el nombre de Pío IX iniciando el pontificado más turbulento en la historia del Vaticano, enfrentando situaciones que estuvieron a punto de desterrar a la Iglesia de Roma.

Poco después de su entronización, se produjo un motín republicano que originó la pérdida de las posesiones papales del centro de la península italiana. Un rumor circuló desde entonces, atribuyendo a miembros de la comunidad judía como promotores de la revolución republicana de 1849.
Mastai-Ferretti al comienzo de su reinado abolió el gueto judío de Roma como muestra de tolerancia religiosa. Sin embargo, luego de la insurrección, Pío IX cambió su accionar: A su retorno a Roma, a causa de su huida por la vorágine republicana, restauró el gueto en represalia por las conclusiones recibidas de parte del Consejo de Censura, constituido para investigar a los participantes de la revuelta.
El papa acusaba a los judíos de promover la democracia, ese sistema que le había quitado sus territorios y su autoridad autocrática, haciendo que su poder temporal mermara.
Después de eso, Pío IX protagonizó un episodio que conmovió al mundo. Edgardo Morata, un niño de 6 años, fue raptado por la policía papal en la ciudad de Bolonia, en 1858. Este hecho fue justificado por el papa argumentando que había sido bautizado in extremis por la criada de sus padres judíos. Fue adoptado por el Pontífice y criado en la fe cristiana. Años más tarde, Morata se ordenaría sacerdote.
Durante su ministerio, el más largo de la historia, Pío “Nono” alimentó su trato despectivo hacia los judíos abundando en fundamentos más religiosos y fijando su acento en una supuesta “dureza de sus corazones” en reconocer a Cristo.
La lucha contra la democracia, el mismo sistema que permitía a los judíos protagonizar en la vida civil, será el legado del pontificado de Mastai-Ferretti; un legado que profundizaría, luego de su muerte, acaecida el 7 de febrero de 1878, su sucesor León XIII.
La profundidad de este pensamiento llegó a su cumbre con la subida al poder de los gobiernos totalitarios de los años ’20 y ’30 del siglo pasado, arrastrando a toda una generación de jóvenes a la guerra, el hambre y a la aniquilación de millones de inocentes.

Error y terror

Luego de las elecciones del 5 de marzo de 1933 que confirmaron a Adolf Hitler en la Cancillería -cargo principal del gobierno de Alemania- surgieron rumores sobre hechos de violencia contra algunas familias judías practicados por simpatizantes nazis.


La muestra de la veracidad de las historias fue alimentada por el tormento que padecieron sus víctimas, al punto de llegar, en algunos casos, a la muerte de los agredidos. 
Todo comenzó en un pequeño poblado del suroccidente de Alemania donde se presentaron varias decenas de camisas pardas (la denominación que tenían los seguidores de Hitler) con el propósito de escarmentar a sus habitantes judíos. 
Ingresaron en sus casas y luego de someterlos, los trasladaron violentamente al ayuntamiento para dirigirles golpes repetidamente. 
La misma escena se repitió en otra aldea, en la misma región, llegando a un grado de violencia suficiente como para causar la muerte de dos varones adultos. 
En palabras de Saul Friedländer “se trataba del mayor sondeo a escala nacional de la actitud de las iglesias cristianas hacia la situación de los judíos bajo el nuevo gobierno”. 
Para esa fecha, Hitler estaba negociando el concordato con la Iglesia de Roma que le permitiría obtener mayor libertad al excluir a los católicos de la política y, paralelamente, neutralizar la posibilidad de una oposición contra sus latentes acciones ultrajantes. 
Los alemanes cristianos, católicos o protestantes, no hicieron nada para denunciar los atropellos cometidos contra los judíos. 
La impunidad de estos crímenes sólo dieron paso a una medida de presión explícita: El boicot a todos los judíos alemanes, lo que significaba, en la práctica, su expulsión de la administración pública, de las universidades y de las escuelas. 
El silencio, en ocasiones, suele ser más estridente que una trompeta. 


miércoles, 30 de enero de 2013

El Papado ayudó a Hitler en su ascenso al poder

Informes desclasificados emanados de los archivos de la Ciudad del Vaticano, fechados durante el período de entreguerras, sugieren que Pío XI (al frente de la Iglesia Romana desde 1922) colaboró con la subida al poder de Hitler en Alemania.


Los documentos confiesan el interés que, por entonces, perseguía el Papado en imitar los exitosos efectos del Tratado Lateranense (firmado con Italia en 1929) para obtener un compromiso de toda la nación teutona que aceptase el nuevo Código de Derecho Canónico y la desmovilización política de los católicos -en esa época el Vaticano tenía solo tratados concluidos con cada diócesis de Alemania-. 
Para que la voluntad de Pío XI saliera con una resolución favorable, su Secretario de Estado, Eugenio Pacelli (quién en el futuro será consagrado papa con el nombre de Pío XII) necesitaba la cooperación de los partidos políticos entusiastas en llegar a ese acuerdo con la Iglesia de Roma. 
Pío XI era hostil al comunismo (evidentemente, por el carácter ateo de su ideología), por lo que las agrupaciones de izquierda quedaban descartadas de la mesa de acuerdo. 
Tres partidos políticos, ahora, estaban en la mira de Roma: El Partido de Centro, el partido de los católicos, dirigido por Ludwig Kaas, monseñor y con conexión directa con el Vaticano; el Partido Popular Nacional Alemán de Alfred Hugenberg, de extrema derecha; y el Partido Nacional-Socialista de Adolf Hitler, eran las cartas disponibles. 
Inevitablemente se necesitaba la mayoría absoluta en el Parlamento para formar gobierno y el Partido de Centro la había perdido a manos del Partido Nazi para 1932. Su antiguo líder, Heinrich Brüning, conocido popularmente como “El Canciller del Hambre”, tuvo que renunciar el 30 de mayo de ese año ante la problemática que le presentaba la Gran Depresión. 
Una sucesión de breves interinatos al frente de la Cancillería fueron confirmando a Roma la complejidad de un escenario que se estaba gestando, y que despertaba la inquietud de Pacelli ante un eventual cambio que arruinara sus objetivos. Ganar tiempo y ser flexibles era ahora lo “políticamente correcto”. 
La carta que Pacelli, furtivamente, jugaría sobre la mesa era alentar la llegada del Partido Popular Nacional como último recurso, para llegar a un acuerdo parlamentario con el Partido de Centro que posibilite formar Gobierno. 
Los resultados electorales, sin embargo, fueron decepcionantes. Los nazis mantuvieron su primera minoría en las elecciones de julio y noviembre (aunque sin posibilidad de gobernar) mientras que el Partido Popular Nacional Alemán perdía consenso. 
Pese a que Pacelli recibía notas de los obispos alemanes denunciando el accionar de Hitler y sus seguidores contra la religión, y presintiendo que el tiempo se había acabado, resolvió dar un giro total a su accionar: Persuadió a Kaas para que el Partido de Centro se mantuviera al margen de los acontecimientos e inició conversaciones -tras bastidores- con los nazis. 
Fue como un “milagro” para Hitler enterarse de los intereses de Pío XI en firmar un concordato con toda Alemania y, a la vez, la oportunidad de convencer a la alta jerarquía eclesiástica romana de que los católicos alemanes abandonen la política.
Fertilizado el contexto para un acuerdo, el Secretario de Estado del Vaticano contribuía, a escondidas, para que el Partido de Centro se mantuviera al margen de las acciones y, en el mejor de los casos, se subordine a las aspiraciones romanas. 
A las puertas de un escándalo que amenazaba con golpear la credibilidad del Presidente von Hindenburg, héroe de la “Gran Guerra”, que habría sido permisivo con la evasión de impuestos y el desvío de fondos con destino a los agricultores castigados por la caída de los precios de sus materias primas, buscaba una fórmula política que lo protegiera de tal circunstancia. 
En su ayuda acudió Franz von Papen, venido del ala derecha del Partido de Centro, quién ocupó uno de los interinatos al frente de la Cancillería, luego de la dimisión de Brüning. La solución era simple: Los nazis eran ya una fuerza política estable dentro del Parlamento y un acercamiento se volvía más urgente.
Su líder era un declarado antidemocrático que apelaba a la violencia como instrumento para obtener resultados políticos. Sus seguidores acostumbraban interrumpir los mitines de sus rivales para ejercer el terror. Todos los antecedentes lo volvían un indeseable y hasta el propio von Hindenburg era indócil a la idea de nombrarlo Canciller. 
Para enero, la situación estaba al límite y se necesitaba estabilidad política para superar los efectos más graves de la crisis económica. Von Papen colocó en una encrucijada al Presidente y como garantía de que todo saldría bien, se ofreció para el puesto de Vicecanciller. Si bien Hitler ocuparía la Jefatura de Gobierno, von Papen gobernaría, en teoría, desde las sombras (algo que, como se vería más tarde, sería sólo teoría).
El 30 de enero de 1933, Hitler juró como Canciller de la República de Weimar y como primera medida llamó a elecciones para el 5 de marzo. Necesitaba un resultado electoral suficientemente bueno como para poder gobernar sin preguntar a circunstanciales aliados políticos. 
Kaas, bajo las directivas de Pacelli, seguía los acontecimientos amparado por un ensayo que esperaba terminar para marzo y en comunicación permanente con Roma.
Bajo una atmósfera de hostilidades entre la extrema derecha y la extrema izquierda, los nazis obtuvieron un resultado favorable y su aliado, el Partido de Centro, le quitó tres escaños a los comunistas. Era el momento de iniciar las conversaciones con el Vaticano. 
El acuerdo fue exactamente como lo imaginaron sus protagonistas. Pacelli recibió de Hitler el compromiso de tolerar la religión católica, aceptar el nuevo Código de Derecho Canónico y establecer la enseñanza religiosa en las escuelas. A cambio, el Vaticano emitiría directivas para que se disolviera el Partido de Centro (el único organizado democráticamente que quedaba dentro de Alemania) luego de votar una ley de Plenos Poderes -como se llamó en ese momento y confirmada el 23 de marzo de ese año- que legalizaría la dictadura solicitada por los nazis y, secundariamente, la posibilidad de comulgar los miembros nazis dentro de la Iglesia.
Una vez que el trabajo diplomático de segundo nivel ya estaba listo, comenzó los toques finales. Y el 20 de julio de 1933, el Vaticano y Alemania firmarían el concordato que serviría a las partes a sus respectivos objetivos. 
Con este acuerdo, sin dudas basal para las aspiraciones nazis, se abriría para la humanidad unos de sus capítulos más negros en su historia.

martes, 28 de agosto de 2012

Louis Daguerre, el padre oficial de la revolución

Aunque muchos estaban realizando investigaciones paralelas desde hacía al menos un siglo, el 19 de agosto de 1839 se considera el nacimiento de esta disciplina, a partir de la presentación del daguerrotipo

La invención del daguerrotipo -perfeccionamiento técnico que da inicio a la era de la fotografía- carga con una característica extraña. Se cree que tiene, al menos, aproximadamente un siglo de atraso en cuanto a su materialización.
Existen estudios que demuestran, al menos en lo referido a los materiales disponibles en la época, que era perfectamente factible su advenimiento antes de la fecha en que ocurrió. El hecho de que varios individuos estén trabajando paralelamente, y del temor que reinaba en los círculos personales de sus protagonistas ante la posibilidad de que se filtrasen conocimientos claves, esclarecen muchas de las actitudes que, como la de Louis Daguerre, tuvieron en guardar bajo siete llaves los secretos de su proceso, a fín de que su nombre quedara en los anales de la historia de la ciencia. Es posible que estos sentimientos confabularan y reforzaran el atraso en divulgación a medida que se llegaba a la meta.
Algunos nombres quedaron en el olvido. A principios del siglo XIX, Thomas Wedgood inició la carrera por obtener un procedimiento que, usando como soporte papeles sensibilizados con químicos, permitiera fijar objetos e imágenes sobre esos materiales.
Hércules Florence, emigrante francés que se había ubicado en el Estado de Campinhas, cercano a la zona de Sao Paulo (Brasil), consiguió perfeccionar las impresiones de Wedgood al utilizar su técnica en las impresiones de etiquetas para frascos hacia el año 1830, obteniendo importantes avances. Cabe destacar que Florence es el primero en pronunciar la palabra "fotografía" para denominar su proceso de impresión hecho por efecto de la luz, mucho antes de que John Herschel la propusiera en 1839 en Inglaterra.
Joseph-Nicéphore Niepce, el verdadero padre de la criatura, fiel a su disciplina científica, experimentó con sales de plata en la sensibilización de papeles, que luego, con la ayuda de la cámara oscura, consiguió hacia 1826-27 resultados que lo acercaban acabadamente a la invención, aunque no conformaron a su realizador. Sus logros fueron cosechados por su socio inicial, Louis Daguerre.
William Henry Fox Talbot tuvo la gloria de obtener el negativo cuando hacía estudios sobre papeles sensibilizados. Este logro le abrió las puertas a la reproducción ilimitada.
Un capítulo aparte merece Hippolite Bayard. Sus experimentos, muy semejantes al daguerrotipo, hubieran conseguido incluso cambiarle el nombre del invento, puesto que Bayard expuso el 14 de julio de 1839 los resultados de sus trabajos, con el propósito de ser llamado padre de la fotografía. Sin embargo, un soborno de 600 francos anuales, negociado por Francois Arago ante el gobierno francés, lo hizo desistir de sus intenciones, impotente por tener que luchar contra todo el aparato nacional que había hecho sus apuestas en Daguerre.
Finalmente, llegó el 19 de agosto de 1839, fecha de la victoria científica de Daguerre, y que abrió para la humanidad uno de sus capítulos más interesantes de su historia.

"Invadido por un enjambre de curiosos"

Esta es la descripción hecha por Marc-Antoine Agustine Gaudin, testigo de la sesión llevada a cabo en el Palais de l'Institut de France, sede de la Academia de Ciencias de París, el 19 de agosto de 1839: "El Palacio del Instituto fué invadido por un enjambre de curiosos (...) cuando el proceso fue finalmente divulgado. Aunque llegué con dos horas de antelación, fuí expulsado como muchos otros de la sala principal", escribió Gaudin en Traté Practiqué de la Photographie (1844).
El acto fué encabezado por Francois Jean Dominique Arago, uno de los más importantes físicos del momento, diputado nacional e impulsor de las negociaciones entre el Gobierno y Daguerre para difundir el procedimiento disponible que marcó el punto de partida de la fotografía. Asistieron al acontecimiento los miembros de la Academia de Ciencias, y también los integrantes de la Academia de Bellas Artes, especialmente invitados al evento.