Luego de las elecciones del 5 de marzo de 1933 que confirmaron a Adolf Hitler en la Cancillería -cargo principal del gobierno de Alemania- surgieron rumores sobre hechos de violencia contra algunas familias judías practicados por simpatizantes nazis.
Todo comenzó en un pequeño poblado del suroccidente de Alemania donde se presentaron varias decenas de camisas pardas (la denominación que tenían los seguidores de Hitler) con el propósito de escarmentar a sus habitantes judíos.
Ingresaron en sus casas y luego de someterlos, los trasladaron violentamente al ayuntamiento para dirigirles golpes repetidamente.
La misma escena se repitió en otra aldea, en la misma región, llegando a un grado de violencia suficiente como para causar la muerte de dos varones adultos.
En palabras de Saul Friedländer “se trataba del mayor sondeo a escala nacional de la actitud de las iglesias cristianas hacia la situación de los judíos bajo el nuevo gobierno”.
Para esa fecha, Hitler estaba negociando el concordato con la Iglesia de Roma que le permitiría obtener mayor libertad al excluir a los católicos de la política y, paralelamente, neutralizar la posibilidad de una oposición contra sus latentes acciones ultrajantes.
Los alemanes cristianos, católicos o protestantes, no hicieron nada para denunciar los atropellos cometidos contra los judíos.
La impunidad de estos crímenes sólo dieron paso a una medida de presión explícita: El boicot a todos los judíos alemanes, lo que significaba, en la práctica, su expulsión de la administración pública, de las universidades y de las escuelas.
El silencio, en ocasiones, suele ser más estridente que una trompeta.
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