El 16 de junio de 1846, Giovanni Maria Mastai-Ferretti se convertía en papa con el nombre de Pío IX iniciando el pontificado más turbulento en la historia del Vaticano, enfrentando situaciones que estuvieron a punto de desterrar a la Iglesia de Roma.
Poco después
de su entronización, se produjo un motín republicano que originó la pérdida de
las posesiones papales del centro de la península italiana. Un rumor circuló
desde entonces, atribuyendo a miembros de la comunidad judía como promotores de
la revolución republicana de 1849.
Mastai-Ferretti
al comienzo de su reinado abolió el gueto judío de Roma como muestra de
tolerancia religiosa. Sin embargo, luego de la insurrección, Pío IX cambió su accionar: A su retorno a Roma, a causa de
su huida por la vorágine republicana, restauró el gueto en represalia por las
conclusiones recibidas de parte del Consejo de Censura, constituido para
investigar a los participantes de la revuelta.
El papa
acusaba a los judíos de promover la democracia, ese sistema que le había
quitado sus territorios y su autoridad autocrática, haciendo que su poder
temporal mermara.
Después de
eso, Pío IX protagonizó un episodio que conmovió al mundo. Edgardo Morata, un
niño de 6 años, fue raptado por la policía papal en la ciudad de Bolonia, en 1858.
Este hecho fue justificado por el papa argumentando que había sido bautizado in
extremis por la criada de sus padres judíos. Fue adoptado por el Pontífice y
criado en la fe cristiana. Años más tarde, Morata se ordenaría sacerdote.
Durante su
ministerio, el más largo de la historia, Pío “Nono” alimentó su trato
despectivo hacia los judíos abundando en fundamentos más religiosos y fijando
su acento en una supuesta “dureza de sus corazones” en reconocer a Cristo.
La lucha
contra la democracia, el mismo sistema que permitía a los judíos protagonizar
en la vida civil, será el legado del pontificado de Mastai-Ferretti; un legado
que profundizaría, luego de su muerte, acaecida el 7 de febrero de 1878, su
sucesor León XIII.
La
profundidad de este pensamiento llegó a su cumbre con la subida al poder de los
gobiernos totalitarios de los años ’20 y ’30 del siglo pasado, arrastrando a
toda una generación de jóvenes a la guerra, el hambre y a la aniquilación de
millones de inocentes.
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