Informes desclasificados emanados de los archivos de la Ciudad del Vaticano, fechados durante el período de entreguerras, sugieren que Pío XI (al frente de la Iglesia Romana desde 1922) colaboró con la subida al poder de Hitler en Alemania.
Los
documentos confiesan el interés que, por entonces, perseguía el Papado en
imitar los exitosos efectos del Tratado Lateranense (firmado con Italia en
1929) para obtener un compromiso de toda la nación teutona que aceptase el nuevo Código de Derecho Canónico y la desmovilización política de los católicos -en esa época
el Vaticano tenía solo tratados concluidos con cada diócesis de Alemania-.
Para que la voluntad de Pío XI saliera con una resolución favorable, su Secretario de Estado, Eugenio Pacelli (quién en el futuro será consagrado papa con el nombre de Pío XII) necesitaba la cooperación de los partidos políticos entusiastas en llegar a ese acuerdo con la Iglesia de Roma.
Pío XI era hostil al comunismo (evidentemente, por el carácter ateo de su ideología), por lo que las agrupaciones de izquierda quedaban descartadas de la mesa de acuerdo.
Tres partidos políticos, ahora, estaban en la mira de Roma: El Partido de Centro, el partido de los católicos, dirigido por Ludwig Kaas, monseñor y con conexión directa con el Vaticano; el Partido Popular Nacional Alemán de Alfred Hugenberg, de extrema derecha; y el Partido Nacional-Socialista de Adolf Hitler, eran las cartas disponibles.
Inevitablemente se necesitaba la mayoría absoluta en el Parlamento para formar gobierno y el Partido de Centro la había perdido a manos del Partido Nazi para 1932. Su antiguo líder, Heinrich Brüning, conocido popularmente como “El Canciller del Hambre”, tuvo que renunciar el 30 de mayo de ese año ante la problemática que le presentaba la Gran Depresión.
Una sucesión de breves interinatos al frente de la Cancillería fueron confirmando a Roma la complejidad de un escenario que se estaba gestando, y que despertaba la inquietud de Pacelli ante un eventual cambio que arruinara sus objetivos. Ganar tiempo y ser flexibles era ahora lo “políticamente correcto”.
Para que la voluntad de Pío XI saliera con una resolución favorable, su Secretario de Estado, Eugenio Pacelli (quién en el futuro será consagrado papa con el nombre de Pío XII) necesitaba la cooperación de los partidos políticos entusiastas en llegar a ese acuerdo con la Iglesia de Roma.
Pío XI era hostil al comunismo (evidentemente, por el carácter ateo de su ideología), por lo que las agrupaciones de izquierda quedaban descartadas de la mesa de acuerdo.
Tres partidos políticos, ahora, estaban en la mira de Roma: El Partido de Centro, el partido de los católicos, dirigido por Ludwig Kaas, monseñor y con conexión directa con el Vaticano; el Partido Popular Nacional Alemán de Alfred Hugenberg, de extrema derecha; y el Partido Nacional-Socialista de Adolf Hitler, eran las cartas disponibles.
Inevitablemente se necesitaba la mayoría absoluta en el Parlamento para formar gobierno y el Partido de Centro la había perdido a manos del Partido Nazi para 1932. Su antiguo líder, Heinrich Brüning, conocido popularmente como “El Canciller del Hambre”, tuvo que renunciar el 30 de mayo de ese año ante la problemática que le presentaba la Gran Depresión.
Una sucesión de breves interinatos al frente de la Cancillería fueron confirmando a Roma la complejidad de un escenario que se estaba gestando, y que despertaba la inquietud de Pacelli ante un eventual cambio que arruinara sus objetivos. Ganar tiempo y ser flexibles era ahora lo “políticamente correcto”.
La carta que Pacelli,
furtivamente, jugaría sobre la mesa era alentar la llegada del Partido Popular
Nacional como último recurso, para llegar a un acuerdo parlamentario con el
Partido de Centro que posibilite formar Gobierno.
Los resultados electorales,
sin embargo, fueron decepcionantes. Los nazis mantuvieron su primera minoría en las elecciones de julio y noviembre (aunque sin posibilidad de gobernar) mientras que el Partido Popular Nacional
Alemán perdía consenso.
Pese a que Pacelli recibía notas de los obispos
alemanes denunciando el accionar de Hitler y sus seguidores contra la religión,
y presintiendo que el tiempo se había acabado, resolvió dar un giro total a su
accionar: Persuadió a Kaas para que el Partido de Centro se mantuviera al
margen de los acontecimientos e inició conversaciones -tras bastidores- con los
nazis.
Fue como un “milagro” para Hitler enterarse de los intereses de Pío XI
en firmar un concordato con toda Alemania y, a la vez, la oportunidad de
convencer a la alta jerarquía eclesiástica romana de que los católicos alemanes
abandonen la política.
Fertilizado
el contexto para un acuerdo, el Secretario de Estado del Vaticano contribuía, a
escondidas, para que el Partido de Centro se mantuviera al margen de las acciones
y, en el mejor de los casos, se subordine a las aspiraciones romanas.
A las
puertas de un escándalo que amenazaba con golpear la credibilidad del
Presidente von Hindenburg, héroe de la “Gran Guerra”, que habría sido permisivo
con la evasión de impuestos y el desvío de fondos con destino a los
agricultores castigados por la caída de los precios de sus materias primas,
buscaba una fórmula política que lo protegiera de tal circunstancia.
En su ayuda acudió
Franz von Papen, venido del ala derecha del Partido de Centro, quién ocupó uno
de los interinatos al frente de la Cancillería, luego de la dimisión de
Brüning. La solución era simple: Los nazis eran ya una fuerza política estable
dentro del Parlamento y un acercamiento se volvía más urgente.
Su líder era
un declarado antidemocrático que apelaba a la violencia como instrumento para obtener resultados políticos. Sus seguidores acostumbraban interrumpir los mitines
de sus rivales para ejercer el terror. Todos los antecedentes lo volvían un
indeseable y hasta el propio von Hindenburg era indócil a la idea de nombrarlo
Canciller.
Para enero, la situación estaba al límite y se necesitaba
estabilidad política para superar los efectos más graves de la crisis
económica. Von Papen colocó en una encrucijada al Presidente y como garantía de
que todo saldría bien, se ofreció para el puesto de Vicecanciller. Si bien
Hitler ocuparía la Jefatura de Gobierno, von Papen gobernaría, en teoría, desde
las sombras (algo que, como se vería más tarde, sería sólo teoría).
El 30 de
enero de 1933, Hitler juró como Canciller de la República de Weimar y como
primera medida llamó a elecciones para el 5 de marzo. Necesitaba un resultado
electoral suficientemente bueno como para poder gobernar sin preguntar a
circunstanciales aliados políticos.
Kaas, bajo las directivas de Pacelli,
seguía los acontecimientos amparado por un ensayo que esperaba terminar para
marzo y en comunicación permanente con Roma.
Bajo una
atmósfera de hostilidades entre la extrema derecha y la extrema izquierda, los
nazis obtuvieron un resultado favorable y su aliado, el Partido de Centro, le
quitó tres escaños a los comunistas. Era el momento de iniciar las
conversaciones con el Vaticano.
El acuerdo fue exactamente como lo imaginaron
sus protagonistas. Pacelli recibió de Hitler el compromiso de tolerar la
religión católica, aceptar el nuevo Código de Derecho Canónico y establecer la enseñanza religiosa en las escuelas. A cambio, el Vaticano emitiría directivas para que se disolviera el Partido de Centro (el único organizado democráticamente que quedaba dentro de Alemania) luego de votar una ley de Plenos Poderes -como se llamó en ese momento y confirmada el 23 de marzo de ese año- que legalizaría la dictadura solicitada por los nazis y, secundariamente, la posibilidad de comulgar los miembros
nazis dentro de la Iglesia.
Una vez que
el trabajo diplomático de segundo nivel ya estaba listo, comenzó los toques
finales. Y el 20 de julio de 1933, el Vaticano y Alemania firmarían el
concordato que serviría a las partes a sus respectivos objetivos.
Con este acuerdo, sin dudas basal para las aspiraciones nazis, se
abriría para la humanidad unos de sus capítulos más negros en su historia.
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