miércoles, 12 de noviembre de 2014

Deuda: la lección jamás aprendida de Argentina

Un administrador de estancia, que podríamos apellidar Bares, acude a un banco con una recomendación de su patrón, un próspero comerciante de la región pampeana, para que la entidad le otorgue un crédito sin más garantía que sus propios ingresos, con destino a construir una casa de retiro, que cree, le permitirá vivir sus días alejado del trabajo durante la vejez hasta la muerte.

Este puede ser el argumento para una historia de un libro de cuentos, pero que para un observador actual, habituado en cosas financieras, encontraría anómalo, por decirlo menos. Esta escena era frecuente en los días en que Miguel Juárez Celman era presidente de la Nación (1886-1890). Gran parte de la emisión de deuda que se generó durante la "fiebre de opulencia", nunca se recuperó.

La desconsoladora lista de episodios que la historia argentina exhibe sobre las consecuencias que en ciertos períodos sobrevinieron a la economía, por la desbordante emisión de deuda, no pareció inquietar a las generaciones que siguieron. En muchos casos, los resultados siguieron siendo los mismos. El último incidente, tal vez por su estridencia y difusión, el más grave que estropeó la economía fue aproximadamente por los mismos motivos que en la crisis de 1890: la excesiva emisión de deuda.

Las personas avezadas en asuntos económicos suelen opinar que las deudas, en determinadas circunstancias (no en todas), pueden contribuir al crecimiento o bonanza económica. Si bien los comentaristas están divididos en las posturas, las opiniones doctas parecen ser unánimes en cuanto a estimular la emisión de deuda. Sólo un puñado de voces, muchas veces, acalladas por la mayoría, se atreven a combatir esta idea.

Contemplar los hechos de 1890 sólo desde la mirada que ofrecen los historiadores, sin desmerecer su aporte, es cómo mínimo imprudente. Los economistas no han alertado lo suficiente el fiasco que las comunidades debieron tolerar para sobrevivir a ese momento culminante. Como toda crisis, comienza a manifestarse desde los más débiles a los más fuertes. Los asalariados perdían su sustento cada día más, como consecuencia de necesitar recursos monetarios mayores para adquirir su alimento. Para 1889, la depreciación de la moneda que, de pasada, estaban emitidas por los bancos, se volvió frecuente y persistente. Ello se convirtió en repetidas protestas obreras por mejoras en sus posibilidades de vida.

Las autoridades, lejos de adoptar medidas para prevenir peligros en la economía, ignoró los problemas que desde algunos sectores intelectuales alertaban y difundían de modo creciente. La más célebre de estas manifestaciones fue escrita por Francisco Barroetaveña, para el diario La Nación, que destacaba el "desgobierno" y "régimen funesto" en el que se había degradado la conducción encabezada por Juárez Celman.

Alentar la emisión de deuda, aunque los expertos lo declaren improbable, termina mal. No es posible mantener una situación de endeudamiento generalizado, por mucho que esta idea atrape a sus supuestos beneficiarios, y se crea que rendirá frutos genuinos. La verdad, está en el camino mismo que transita el prestatario, según que pertenezca a un sector favorecido de la sociedad, o no...

Está demostrado que la gente pudiente, celebra contratos con los bancos para comprometerse en créditos que le permitirán, por ejemplo, comprar equipamiento para su industria. En cambio, para la gente menos favorecida, sus aspiraciones son más modestas: cambiar de casa, o adquirir la primera. Comprar el mobiliario, o hacer viajes recreativos.

Un segmento de sus ingresos, en ambos casos, quedan inmovilizados para un consumo futuro. Esta realidad no es calculada al momento de firmar. Tampoco se advierte las consecuencias que puede enfrentar la economía si la rueda se detiene. El ambiente atildado de un banco y el lenguaje delicado de sus agentes, crea una atmósfera encantada, propicia para caer en brazos refractarios para nuestros propios beneficios.

Como ocurrió en 2001, las operaciones de los bancos se congelaron por una orden impartida de las autoridades, que pretendían cancelar toda actividad crediticia, hasta tanto se supiera el inventario real de todo lo que había (o carecía) dentro de las instituciones de crédito vigentes hasta la fecha. Poco tiempo después, la gente tuvo la certeza de que todo su dinero se había esfumado en una verdadera pirámide financiera.

Como es costumbre, luego del escándalo financiero, sólo quedaron las palabras. Y como en el caso de Barroetaveña, también hubo quién dijo algunas cosas en claro: "Para algunos argentinos de Wall Street, su trabajo, que había sido motivo de envidia y orgullo en sus familias, empezó a volverse sospechoso. Impulsada por el alto perfil de analistas y banqueros, su cercanía con el FMI y su influencia en las políticas más impopulares del gobierno, una inesperada contracorriente de opinión sacudió a los empleados de los bancos de inversión, príncipes de los '90 súbitamente reconvertidos en cipayos vendepatria", escribía en 2007 para el diario La Nación, Iglesias Ille.

111 años no fueron suficientes para cultivar una lección que inmunizara la conciencia de cada ciudadano. Tal vez, el atractivo de adquirir mercancías u otras especies de valores posponiendo los pagos en forma fraccionada, sea mucho mayor que el carácter necesario para evitar caer en esa tentación.

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