Corre el año
1850. Una vida rural, en la margen del Canal de la Mancha, no mejoró su
situación de salud. Su médico quiso quitarlo del ajetreo de los suburbios de
París, dos años antes, para que no se complicara por su frugal alimentación.
Los embrollos que se desprenden de su historia clínica fueron una constante en el desarrollo de su vida. Todo
comenzó en 1808, cuando adquirió sus primeras heridas de guerra y se esclareció el asma.
España había
mantenido cordiales relaciones internacionales con Francia desde la muerte de
Carlos II de Habsburgo, sin descendencia, en 1700. La Casa de Borbón, de origen
francés, procuró ser complaciente con aquella nación en todo, hasta que el
pueblo se negó a cooperar con el ejército napoleónico.
Allí,
combatió contra una fuerza superior, de la cual salió airoso gracias a su genio
táctico y la conducción de brillante estratega. Su última actuación militar en
Europa, le valió varias heridas en su brazo izquierdo, fruto de un combate
cuerpo a cuerpo.
A la fecha de
su repatriación, nuevos padecimientos lo obligaron a solicitar breves licencias
médicas para su recomposición. Una de ellas fue ulterior a la Batalla del
Convento de San Lorenzo.
En ese
enfrentamiento, recibió la más visible de sus heridas: una cicatriz en su rostro
que lo mantuvo hasta su muerte. También en el calor del combate recibió el
aplastamiento de una de sus piernas.
Tucumán fue otro
de los escenarios que desafió su entereza. Al mando del Ejército del Norte,
sufrió un acceso de asma que lo confinó a Córdoba para su restablecimiento.
La úlcera,
también hizo su primera aparición en aquella oportunidad, alejándolo de sus
actividades debido al sangrado de sus vómitos.
Mendoza no le
dio tregua. A lo largo de su estadía en esa provincia, sus sangrados lo
mantenían al margen de las actividades y cuando hubo de recuperarse de ello, un
nuevo episodio de asma lo detuvo; en esas circunstancias llegó al extremo de
descansar toda la noche sentado para poder respirar.
Perú tuvo
consecuencias igualmente agraviantes para su salud. Durante la preparación del
teatro de operaciones se reactivó los efectos de su úlcera, además de que, en
esta coyuntura, estuvo rodeado por una infección generalizada de disentería,
y paludismo.
El regreso a
Europa, le depararía un encuentro con el cólera que “me atacó del modo más
terrible, que me tuvo al borde del sepulcro y me ha hecho sufrir inexplicables
padecimientos”; y el repaso de sus viejas dolencias, con la incorporación de la
enfermedad de los nervios, la causa presumible de su úlcera.
Para el verano
de 1850, las cartas estaban echadas: su estado sanitario empeoró por múltiples
factores que desarreglaron su cuadro, pero sobre todo, lo que se cree que lo
derrotó fue la úlcera, con sus derivados vómitos de sangre azul.
La construcción
de la imagen sanmartiniana está en las palabras del cirujano del ejército Dr. Juan
Isidro Zapata: “antepuso su deber y su patria a su propia existencia y sus
enfermedades” para consumar los objetivos de independencia de América.
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