El ciudadano de a pie suele creer que la inflación es un impuesto. Un hecho que impone condiciones y que, en definitiva, solo los más inteligentes pueden salir airosos.
Esto es lo que la generación anterior creyó. Y lo hizo sin colocar en perspectiva y a la luz de las enseñanzas que la historia de la Argentina expone, sin filtraciones ideológicas, los elementos nacidos con esas circunstancias extremas.
La economía, por pequeña que sea, es un conjunto y a la vez, es un individuo. Es un conjunto porque tiene miembros. Miembros que despliegan una actividad, grande o pequeña, para el florecimiento de ese conjunto. Y también, porque ese conjunto es preparado como un individuo. Un individuo que debe estar listo para funcionar como propiamente dicho, con cada parte que lo sustenta, y lo más completo como sea posible.
Es evidente que en los quince años relativos de hiperinflación, que van desde 1975 hasta 1990, el ciudadano que experimentó ese período lleve en el ADN los procedimientos de la autodefensa contra ese fenómeno.
Los años han pasado, y si se hecha la mirada hacia atrás comenzaremos por observar los cabos sueltos del fenómeno hiperinflacionario. Por una parte, los actores. Y por otra parte, las circunstancias históricas y la coyuntura que, como una reacción en cadena, formaron fila para colocar, ladrillo a ladrillo, los efectos más negativos de este fenómeno.
La instancia culminante de la hiperinflación se produjo entre el 15 de mayo y el 11 de agosto de 1989. En ese momento, la inflación crecía como el fuego alimentado por el petróleo.
El primer indicio de que algo andaba mal se conoció en febrero de 1987 cuando el pool cerealero comenzó una campaña de boicot al despliegue de la actividad contrainflacionaria del Estado. Desde ese momento y por el resto del año, la inflación promedio fue de un 14% mensual.
Este grupo agroindustrial quería negociar la política de la administración Alfonsín para encaminarla a sus propios intereses sectoriales. Sus tácticas incluyeron crear una atmósfera desfavorable para el avance de las aspiraciones de la ciudadanía.
Entonces, esta situación engendró un problema a resolver por el gobierno de turno. Y como el problema se volvió persistente, gracias a la acción coordinada, se convirtió en la carta mayor que presentaba el grupo de presión para alcanzar su meta y negociar, o mejor dicho, introducir cambios beneficiosos para sus miembros.
La conexión entre los miembros de un grupo de presión se convierte en un arma, que será lo suficientemente potente si su calidad y cantidad consigue ser uniforme en sus intenciones, en sus competencias y estructuras. Y también, será un arma inmune si sobrepasa en cuanto a calidad y cantidad de su oponente, en este caso el Estado, si este no contrarresta su fuerza desplegada.
Y es aquí donde la enseñanza se vuelve lección: el propio gobierno no tuvo otra alternativa que poner paños fríos a la realidad inflacionaria. Porque, como dijo en su momento, no tenía ningún flanco cubierto, es decir, no contaba con estructuras que le permitiera poseer una zona de inmunidad que lo resguardara de esta acción deliberada de los pesos pesados de la especulación.
En los años que vinieron, y luego de 1995 aproximadamente, comenzó a conocerse la verdadera historia, el testimonio del boicot de los dueños del dinero en la Argentina contra el gobierno del pueblo.
Comenzaron a salir a la luz, los sonados casos de corrupción que habían alimentado a la opinión pública, convenientemente entretenida con estos asuntos, por los medios de comunicación confabulados y que, luego de un exhaustivo estudio de los sucesos, no podían ser sustentados con hechos porque nunca habían existido.
Una guerra es una guerra. Los bandos nunca pelean solos. Necesitan de aliados, necesitan de alimento. Y necesitan de héroes y peleles. Y el pueblo, sin duda, encontró en esta amarga experiencia, la lección de lo que es gobernar en Argentina.
El enemigo, está dentro de las fronteras. Y cuando el peligro acecha, es necesario despojarse de toda individualidad, porque el enemigo es poderoso, no porque tenga más armas o de mejor calidad, sino porque su actitud es impetuosa. No deja nada en pie, así como un río lo hace cuando desborda su cauce.
Esa misma actitud es la que nos debe infundir de espíritu para afrontar las etapas más angustiosas. Y es, el camino más dificultoso que se puede transitar, a la vez que es el que más ejercita la resistencia de los hombres de bien, y que todos debemos comenzar a caminar pacientemente: la resistencia contra el abuso de los poderosos dirigido a los gobiernos democráticos.
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