martes, 9 de abril de 2013

El fruto de la impunidad

Buenos Aires. El 7 de Julio de 1976, el embajador de los Estados Unidos ante la Argentina, Robert Hill, envió un despacho a su gobierno por el que informa sobre el resultado de un hecho que ante la opinión pública se conoció como “La Masacre de San Patricio”, destacando los comentarios que le brindara su colega del Vaticano, Pio Laghi, sobre su conocimiento del asunto.
Según ese informe, los sacerdotes católicos Alfredo Leaden, Alfredo Kelly y Pedro Duffau, conocidos popularmente como los curas palotinos, fueron interceptados por elementos del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) con el requerimiento de encontrar a Mario Firmenich, bajo el supuesto de que se encontraba al abrigo de la Iglesia San Patricio, en el porteño Barrio Belgrano. Al momento del hecho, los sacerdotes estaban reunidos con los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti. Todos fueron asesinados al enterarse de la respuesta negativa a su búsqueda.
Sin embargo, el objetivo de la pesquisa era, en realidad, hacia uno de los seminaristas, puesto que la jerarquía eclesiástica creía que estaba envuelto con la corriente de sacerdotes tercermundistas. Este dato aportado por Laghi lo obtuvo del cardenal de la época, Juan Carlos Aramburu, que se había reunido, luego de los sucesos, con el ministro del Interior de entonces, Albano Harguindeguy, para interiorizarse sobre la cuestión. Laghi agregó que, según su propia opinión, este era “el primer paso para limpiar la Iglesia” encarada por el gobierno para erradicar esta “opción sacerdotal”.

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